Ricardo Ríos Cichero
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La emoción, como inicio y fin.

09 de Julio del 2008 a las 23:16:51 0 Leído (344)


Ricardo Ríos Cichero
“La Emoción, como inicio y fin”


Del crear y el construir. 

En el proceso creativo intervienen diversos componentes que no precisamente se suceden en un proceso lógico, preestablecido. No actúan, sino que interactúan complejamente.
Miramos y vemos la realidad que nos rodea. No me refiero solamente a las imágenes propiamente dichas sino a todo lo perceptible por los sentidos que llega a nuestra mente y a nuestro espíritu. Así, con la realidad exterior y las emociones que nos provoca, creamos íntimamente otra realidad (nuestras imágenes) y ella generará otras emociones, moldeadas de forma única y personal.
Esa personal, nueva e intransferible concepción estimula al talento. Así, por imperio de las emociones, impuestas o generadas por las imágenes, en lo profundo de la mente nacen las ideas que, a través de un proceso de creación y construcción, haremos públicas; las haremos obras.
Sin embargo, no todo lo ideal se hace público.
Razonamientos y obras ideales están en nuestra mente, a donde sólo nosotros tenemos acceso para luego, si acaso conforman a nuestro sentir, transformarlas en hechos concretos. Con ese fin, el ser humano utilizará los medios, recursos técnicos y lenguajes apropiados para trocar la idea en un fruto público; la obra. Y sus frutos nacerán desde la plástica, la literatura, la música, la danza, el teatro; desde los oficios, profesiones y diversas habilidades; desde las acciones comunes, cotidianas y sin anécdota; y desde lo mínimo y elemental que hace público el intelecto.
Pero todo deviene de las imágenes interiores, las emociones provocadas y la idea producida que, por último, se transforma en algo público. 


Del mirar y el ver. 

Hay un aprendizaje del “mirar” y el “ver”.
No sólo vemos sino que sentimos.
En la captación e interpretación del mirar-ver intervienen cultura, formación, conocimientos y valores de cada uno. Complejamente, estos “componentes” originan una visión personal que se integra al paisaje interior, no como mera información cognitiva, sino implantándose al todo donde radican la formación familiar, social y docente, experiencias, condicionantes morales y religiosas, Principios y sensibilidad.
Con todo eso se construyen nuestros marcos de referencia y todo lo que percibimos es “seleccionado” por ellos. Esos marcos delimitan nuestras capacidades. Nuestras capacidades delimitan nuestros logros.
Mirar es en cierta forma ver y no ver pues, de lo que captamos, elaboramos interiormente sólo lo que queda incluido en nuestros marcos. Y recuerdo aquí los conceptos que expresa Elliot W. Eisner (no textual; el ejemplo es mío):

Cuando el marco de referencia es el de un arquitecto, seguramente la interpretación visual de unas ruinas romanas estará guiada, enmarcada, limitada por los conocimientos de ingeniería; pesos, masas, equilibrios, arcos, pilares, resistencias, etc.
Las mismas ruinas vistas por un poeta serán interpretadas desde un lenguaje literario; las palabras que descubran los encantos, las vivencias, los amores y los odios que transitaron entre esas paredes.
La perspectiva de un pintor será la de luces, sombras, colores, empastes, matices y composición.
Cada uno dejará de ver lo que los otros dos sí vieron.
Esta variedad de interpretaciones es componente de sumo interés en la originalidad de la creación. Es inevitable actuar desde nuestros marcos de referencia; ver desde nuestras condicionantes sociales y culturales, desde nuestra educación, desde los senderos de nuestra experiencia, quizás hasta desde ese legado de la incierta memoria colectiva, pero – connaturalmente – es inevitable ver desde la riqueza y complejidad de nuestras emociones.
Vemos desde afuera hacia adentro y desde adentro hacia afuera; procesamos todo, lo interpretamos, lo sentimos y lo transformamos en una visión única, intransferible.

De las ideas. 

Esa visión íntima, incontable cúmulo de imágenes provocadoras de emociones, es la tierra fértil donde germinan las ideas. A una parte de ellas las atesoramos íntimamente y a otras las expresamos públicamente; éstas, como ya dije, son las obras.
Puesto que la mente no tiene límites, las ideas son la máxima, libre y total expresión de la creación. Al no tener una concreción real siempre son plenas, sin dudas ni errores. En lo ideal, medios y técnicas no intervienen pues más allá de la idea no hay nada. Entonces todo es libertad, campo abierto a maravillas incontables e inacabables.
Quizás luego a esa creación íntima la hagamos pública, trocaremos la idea en una obra palpable. Transformamos la idea (objeto íntimo) en un hecho concreto. (obra pública) 


De la creación. 

La realidad de los vehículos que tenemos a nuestra disposición (palabras, gestos, sonidos, imágenes, movimientos), así como los instrumentos técnicos que nos da la realidad, (pinturas, medidas, pinceles, idioma, aparatos, herramientas, oficios, vehículos, materia prima, energía...) no son ilimitados; por el contrario son muy limitados, si los consideramos frente a lo ilimitado de las ideas. Por ello es que no existen técnicas ni herramientas que puedan dar siempre forma total a lo que se crea en la mente. Pero sí, podemos acercarnos a la acabada obra de nuestro intelecto - rozarla casi – con el Talento apropiado y el conocimiento profundo de los oficios y materiales que usaremos.
Por otra parte, más allá y sumado a las limitaciones de las técnicas, la concreción de la idea en obra es compleja y casi ajena al creador.
Pero es indispensable que desde la libertad el creador elabore su obra. Sin frenos, ni censuras previas. Más allá de los errores, más allá del juicio crítico.
Luego que la obra está creada, presente como entidad, preñada de emoción, imágenes y vibraciones, comenzará otra etapa. La transformación de ella en un hecho artístico, si es que a esas creaciones nos referimos. 


De la construcción. 

En esa etapa, los recursos técnicos, los medios a emplear y los resultados del proceso no están – en la práctica - simplemente al servicio de la idea. La realización de una obra – tomo por ejemplo a las Artes Plásticas – no es un monólogo del artista haciendo pública (construyendo) una creación. En la práctica es un diálogo entre la idea-artista y el resultado-idea que se va obteniendo sobre el lienzo o el papel. Las líneas, manchas y colores que aplicamos no son un mero, limitado y pasivo reflejo del objeto mental que estamos materializando sobre el soporte, sino que esas líneas, manchas y colores provocan otras ideas. Una mancha sorpresiva que no pensábamos incluir, pero tan bella y sugestiva como la ideal, puede inducirnos a cambiar el rumbo, posteriormente a la “incomodidad” que nos provoca en principio.
Quiere decir que la obra – en contrario con nuestra idea - nos propone otro objetivo que nace ahí en esa casualidad, en la sorpresa. Nos provoca emociones nuevas, nos muestra otros horizontes y quizás nos mueva a trocar nuestro primario propósito por otro que nos seduce desde un recodo del proceso.
Esa provocación está latente en cada nueva línea o pincelada.
Podríamos resumir diciendo que la obra, en la realidad de su proceso, se hace a sí misma, contrariando nuestras intenciones primarias y desbordando nuestra imaginación con continuas y nuevas propuestas.
Y lo que hará que cambiemos el rumbo no será la calidad, ni la excelencia, ni lo novedoso de esa casualidad, ni el objetivo sorpresivo que se nos ofrece, sino todo eso transformado en emoción. Si esta emoción domina o excede a la otra, posiblemente cambiaremos los objetivos y ya la obra no será la misma que ideamos, ni la misma de la pincelada anterior. El creador se enfrentará, siempre e inevitablemente, a decenas de encrucijadas en las que deberá decidir, elegir el rumbo. Una pintura surge de miles de elecciones motivadas por las “sorpresas” que aparecen tentadoras y casi prepotentes durante todo el proceso y hasta el fruto final.
Ese proceso vital, sorpresivo, descubridor – que es casi el orgullo íntimo de la obra plantada ante nuestros ojos - se da en todas las Artes y en la gran mayoría de sus frutos.
Esta complejidad de la construcción de un hecho artístico (sigamos poniendo de ejemplo a las Artes Plásticas) confirma la necesidad de estimular nuestra sensibilidad y juicio crítico. ¿Para qué? Lo uno, para captar en todo su esplendor nuestras internas imágenes e identificar las emociones que nos provocan; lo otro, para juzgar lo que vamos realizando por decisión propia y también, no menos importante, juzgar esas “sorpresas” que nos deparan el lápiz, el pincel, el papel y el lienzo y poder decidir su valor estético, artístico. Así podremos adoptar o desechar cosas y esas decisiones – si son las correctas - nos acercarán a las ansiadas belleza y excelencia finales de nuestra obra.


De la sensibilidad y la herramienta. 

Talento y herramientas técnicas son componentes esenciales en el proceso de la creación y realización, cualquiera sea el modo de expresión y la actividad humana que seleccionemos como ejemplo.
Debe incentivarse a las personas para que vayan al encuentro de sus talentos, vocaciones, creatividad y las expresen libremente; pero también se debe bregar por el aprendizaje pleno de los recursos técnicos que necesitarán para alcanzar plenamente sus realizaciones.
Las Artes son la más acabada expresión del espíritu y sus obras se gestan en lo más íntimo de nuestras imágenes y emociones y se crean en lo profundo de la mente.
Hay que inculcar y promover la capacidad de observar, de ver con ojos nuevos no sólo lo exterior sino también los paisajes interiores de cada uno, a fin de interpretar y enjuiciar lo que vemos y sentimos.
Eso, refina la sensibilidad y agudiza la “mirada” crítica.
Aprenderemos así a hilar muy fino en la selección de las formas, los colores, los sonidos, las palabras y los movimientos – los que usaremos y los que observaremos en otros creadores – y los calificaremos según el grado de exquisitez y excelencia que tengan y de acuerdo con el grado de emoción que nos provoquen.
Todo esto hace al crecimiento del artista y a la elevación de sus obras hacia la perfección.
¿Porqué?
Porque el talento, con una enriquecida sensibilidad y las herramientas apropiadas, concretará con mayor fidelidad lo que se ha creado en la mente.
El talento crea libremente; el oficio da forma a esa creación. 


De lo docente. 

Hay quienes creen que la enseñanza de los oficios no es imprescindible, pues no los consideran muy importantes en el momento de “expresarse”. Concentran entonces toda su atención y esfuerzo en despertar en los alumnos las ganas, el impulso de crear y expresar las cosas que quieren “comunicar” alentándolos a trabajar sin frenos que restrinjan dichas manifestaciones.
Respecto de esto, una amiga – maestra de escuela - me explicó el alcance que pretenden medidas de este tipo, por ejemplo, en la enseñanza del idioma. Me dijo:

“Corregir las faltas ortográficas o gramaticales en las redacciones equivale a transformar a los alumnos en esclavos de la técnica, porque esa censura - corregir la escritura - les impide volar libremente hacia la expresión y la comunicación”.

Para mí, esto es incomprensible.
Desde siempre, el oficio - el recurso técnico - es parte importante e ineludible para los buenos resultados, en cualquier actividad humana.
Usar el idioma correctamente no nos esclaviza; por el contrario, nos libera, puesto que nos da las armas imprescindibles para expresar claramente nuestras ideas, nuestras opiniones y nuestro arte.

Este es un aviso aparecido en cierta publicación:

“Se necesita empleada inútil ; presentarse sin referencias”.
Cuando en realidad quiso expresarse:
“Se necesita empleada; inútil presentarse sin referencias”.

Un simple “punto y coma” tiene el poder de cambiar totalmente el significado de una frase.
Es impredecible lo que puede hacer ese signo mal colocado en un documento de negocios, una declaración pública, un testamento o una poesía.
La técnica de la escritura y sus reglas de juego tienen una importancia fundamental para la expresión cotidiana, profesional y artística. No enseñar las reglas de juego del idioma es una actitud inmoral, si no criminal.
La comprensión y dominio de los recursos técnicos, no sólo en los talleres literarios, sino en todas las áreas de la enseñanza – imaginemos aquí cualquier actividad humana - es una de las tareas fundamentales que deben incluirse.
El ejemplo del aviso anterior deberían escribirlo en la tapa del libro quienes impulsan el “todo está bien” y el “todo es válido”; esos que van por allí abanderados con el “todo es arte” y que todos podemos pintar, escribir poesía y ser actores de teatro.
Esos, que pregonan irresponsablemente que “lo importante no es la calidad de las obras, sino que todos participen”.
Eso es basura que tiende a llenar de porquería todo el espacio del Arte.
Sin embargo, yo creo que no debe negárseles - a quienes necesiten o simplemente lo deseen - la oportunidad de expresarse de una forma que los aliente, los incentive y los impulse libremente, sin ataduras, presiones ni condicionantes.
Pero asegurémonos que lo hagan desde el conocimiento de las carencias que posiblemente limitarán sus frutos al no dominar correctamente los oficios adecuados.
Realizar una obra es corregir la creación íntima que, primariamente y en total libertad, expresamos públicamente.
Pero sí, deben crearse ámbitos para que, en un contexto libre, se permita la manifestación espontánea, natural, sin intervención de la tan rechazada “censura”. Seguramente, de esa manera se lograrán riquísimas experiencias donde la emoción, la idea y la creación se manifiesten con la necesaria “libre expresión” en pos del placer de las personas.
Sin embargo, - por más que sean necesarias, deseadas y realizadas estas actividades - debe tenerse presente que las manifestaciones y creaciones humanas, por más placer que brinden, no siempre están comprendidas dentro de las bellas artes, la literatura, la música, la danza y el teatro; frutos éstos exquisitos del espíritu y el intelecto, de una realización acabada - por talento y técnica - y provocadora del enriquecimiento de la sensibilidad, del espíritu y de la mente de hacedores y receptores de la misma.
El crear en libertad es cosa buena e imprescindible en las Artes.
En ese punto tiene una coincidencia total con lo anterior; dejar que las obras fluyan libres desde las imágenes interiores y las emociones, sin pensar en la “censura” o peor, la “auto-censura”.
Pero, luego el oficio hará su parte complementaria; lograr, a partir de esa creación, una obra de Arte.
Si queremos que hombres y mujeres se expresen con libertad y que los más capaces – virtuosos y talentosos - vuelen alto al encuentro de la belleza y la excelencia, debemos con justicia reconocer sus talentos y virtudes, debemos procurar enriquecer su sensibilidad y acrecentar su juicio crítico.
Pero fundamentalmente debemos, desde la docencia, facilitarles generosamente los apropiados recursos técnicos para que esas expresiones, esas creaciones libres de ataduras, se transformen luego en hechos con valores estéticos. 


De las técnicas. 

Y no debemos olvidar que las técnicas son simples herramientas y que – por sí y para sí mismas –, aún concibiendo una factura impecable, son insubstanciales como manifestación de un Arte Mayor. El virtuosismo técnico debe estar al servicio del Talento, la Creatividad y la Emoción.
El crear desde el oficio no lleva a ningún lado. Es matar la creación. Y, esencialmente mataremos la emoción, y ¡cuidado!, porque de ella nace el Arte.
El oficio no es creador, es constructor y siempre deberá ser invisible. Actuará humildemente – quizás la palabra es “sumisamente” - al servicio del Talento y la Creación. Ello evitará el matar a la Emoción. El oficio es el depredador natural de la Emoción. 


De la Emoción. 

Estoy convencido que el creador sólo logra emocionar si parte desde su emoción. Pero, salvaguardando esa emoción – y aún cuando no siempre logre el objetivo – irrenunciablemente procurará lograr una Obra de Arte. Para ello deberá apuntar a la estética, la belleza y la excelencia (plástica, literaria, musical o corporal).
De lo contrario – si no lo logra - todo lo demás será un pobre e inútil montón de intenciones.
La creación, si se transforma en un hecho artístico, y aunque más no sea por unos instantes, seguramente logrará que el público - la gente - vea, oiga y sienta mucho más allá de lo que cree.

Así y al fin, a través de su obra, el artista provocará en los demás eso que a él lo provocó al inicio: Emoción.

Ricardo Ríos Cichero.






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