JORGE ERNESTO IBAÑEZ VERGARA
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MOMENTOS DE LA TRAYECTORIA DE MARIANO MONTOYA MONTOYA

15 de Diciembre del 2008 a las 00:12:07 0 llegit (2883)

                         MOMENTOS DE LA TRAYECTORIA DE MARIANO MONTOYA MONTOYA

Mariano Montoya es un pintor autodidacta, técnicamente bien dotado, versátil, de pincelada limpia, amante del arte y soñador como todo gran maestro. De él y su obra se pueden escribir muchas cosas, yo como testigo de excepción, sólo me limitaré a hacer una semblanza de algunas vivencias que den una idea de su persona, su arte y su enorme talento.

En el verano de 1999 en una galería de arte de Madrid, vi una odalisca y un fauno con firma “M. Montoya”, quedé fascinado por la belleza de esas dos obras que hoy forman parte de mi colección. Me dijeron que el pintor era Mariano Montoya, que ya no pintaba o pintaba poco, y que eran los coleccionistas los que se disputaban sus obras. 
A partir de ese momento empecé a buscar más información sobre este pintor, y en mis indagaciones descubrí sus marinas que no dejaban indiferente a nadie, mientras tanto, el mito Montoya iba creciendo cada vez más, algunos me referían que estaba enfermo, medio ciego, que el pobre utilizaba unos lentes que parecían culos de botella; otros decían haber escuchado que estaba un poco loco, no faltaron quienes me dijeron que más que pintar a lo que se dedicaba era a ser un bohemio, que bastaba ponerle una botella de vino para que no pinte, por si fuera poco, otros fabulaban contando que para pintar necesitaba fumarse un porro y otras historias más que resultaron no ser ciertas, pero que hicieron crecer el interés por conocerle. Desde luego me dijeron que como era gitano no trataba ni hablaba con gente que no fuera de raza gitana.

Ya para entonces había visto sus carnavales venecianos, muy bellos, pagando por uno de ellos precio de pintor en el año 2000 medio millón de pesetas, condicionado a comprar un lote importante de pintura, a un señor que además me propuso que por 250 mil pesetas me presentaba al pintor; no acepté porque no me parecía la forma de conocerle. 
Al poco tiempo de casualidad en el rastro de Madrid, a otro hombre mayor de raza gitana, que me ofrecía obras de Antonio Medina le pregunté si conocía a Mariano Montoya, me contestó que era su sobrino, que me lo presentaría; quedamos para comer, él iría con el pintor a la cita. Así ocurrió; y así conocí por fin a Mariano Montoya en el restaurante del Hotel Puerta de Toledo, ocasión que le pregunté por qué había poca obra suya en el mercado y por qué contaban tantas historias sobre él, contestándome que desde que murió su hermano médico ha pintado sólo para particulares y coleccionistas, como el torero Palomo Linares, entre muchos.

Luego sucedieron a este encuentro comidas, cenas, copas nocturnas, en donde pude conocerle como ser humano y con ello sus inquietudes y aficiones, entre ellas la música y sobre todo el flamenco; aún recuerdo la alegría que sintió cuando fuimos a ver bailar a Sara Baras en el Teatro Gran Vía; aunque no es un gran cantaor si es buen músico, es un bohemio no practicante, diría mas bien solitario. Para mi ha sido un placer oírle cantar en una velada amical en una taberna del Arco de Cuchilleros.

Situación que me permitió descubrir al auténtico Mariano Montoya; la verdad es un gitano singular, un artista genial, pero sobre todo una gran persona. Puedo dar fe que tiene obra que no se conoce o se conoce poco, surrealismo figurativo que guarda celosamente para una exposición en homenaje a su hermano.

Como testigo de excepción, al haber sido su marchante desde octubre del 2000 a noviembre del 2001, cuando tenía su estudio en la calle Antonio López, puedo decir que el preciosismo que él cultiva es difícil de superar, por su depurada técnica, cromatismo, transparencias, luces, sombras, atmósferas, texturas y sobre todo por su gran imaginación como artista; es agradable oírle contar las ideas e historias que le mueven para pintar; haciendo que sus obras no sean una reproducción de la realidad, sino que detrás de ellas haya toda una trama imaginaria, como si se tratara de una fabula o un cuento atrapado en la composición de cada lienzo. Para él no tiene sentido una obra sin una esencia, un contenido, un mensaje o una historia, es decir, que las obras tienen que tener espíritu propio, el alma del pintor, para deleite de quienes las contemplan.

Un día en una reunión con entendidos y amigos involucrados en el mundo del arte, me preguntaron si tenía obra del pintor realista de Tomelloso, inconscientemente contesté, de Mariano Montoya, dejándome llevar por el duende que este pintor encierra en cada una de sus obras, donde la imaginación no tiene límites; sin embargo, mis amigos se referían a otro grandísimo pintor, el maestro don Antonio López García, que también es de Tomelloso; a mis amigos, les llamó la atención el despiste, por lo que me preguntaron la semejanza de estos dos pintores. Les contesté: Es obvio, no hay semejanza, abismos aparte, simplemente son diferentes. No obstante, me atreví a dar una opinión sobre la concepción artística y el realismo que cada uno de ellos cultiva.
Lo sustancial y destacable que encuentro en las obras de Antonio López García (al margen de su reputada y respetada trayectoria), es que se despoja de todo sentimiento, dejando al objeto desnudo y descarnado ante la realidad y se vuelca impenitente sobre un realismo gélido, atemporal, tal cual, es decir, un realismo con todas sus virtudes y sus miserias al descubierto, encontrando en ello una identidad artística que le ha dado prestigio y reconocimiento internacional.

En cambio, para Mariano Montoya, el preciosismo en el realismo que el cultiva es el espectro esencial, donde la historia fabulada invisible va atada al prodigio de su pincel, gracias a que tiene una imaginación que va más allá de lo meramente real; realismo preciosista que abduce en cada obra, llevándonos a un mundo de literatura invisible, imaginario, un cuento, que yace al encuentro de las escenas más bellas, su mundo. Un estilo muy personal de ver la vida a través de la pintura.

Hablar de la trayectoria profesional de Mariano Montoya no es nada fácil, porque su peculiar filosofía de la vida, su carácter reservado y su aparente timidez han sido condicionantes infranqueables a la hora de promocionar su obra; siempre fue reacio a todo tipo de publicidad; es un convencido de que sus obras por sí solas, se abren camino y seguirán haciéndolo a través del tiempo, por eso, huye de la promoción artística.

No obstante, ya en 1985-1992, cosecha buenas críticas; la revista “Las Tablas de Daimiel”, nro 6 del 1 de junio de 1990, le dedica dos páginas centrales; y en la revista “Pasos” de Tomelloso, nro 91, de julio de 1992, la escritora Natividad Cepeda, comenta su obra en dos páginas. Y en 1990, la entonces galería de arte “Goya 38” le dedicó una exposición individual, que fue un éxito, siendo las estrella de la muestra el lienzo de la portada, titulado “La Tentación”, que se vendió en varios millones de pesetas, y otros como “El Encanto del Pícaro” que fue comprado por un coleccionista mexicano.

Desde entonces no ha realizado más exposiciones, y tampoco le preocupa aparecer en guías o diccionarios de arte. Sobre el particular, en otoño del año 2000, cenando en el Larios de Madrid, a donde por esa época solía invitar a algunos galeristas, marchantes y pintores, y a raíz de que unas personas le reconocieron, me comentó que su objetivo no era ser popular, sino pintar lo mejor que sabe, que el aspecto promocional y el reconocimiento está bien, pero que si no hay obra que lo respalde es como una canción sin música, que el verdadero reconocimiento es el de la gente, la prueba es que hay mucha obra suya en manos de particulares, sobre todo marinas, carnavales, faunos, odaliscas y desnudos.

A modo de reciprocidad y para dar fe del cariño que le daba la gente: Un día que me invitó a comer al restaurante “La Trucha” cerca de la plaza de Santa Ana, donde se reúnen algunos pintores; me contó que era admirador de Daniel Hernández Morillo, pintor peruano (1856-1932), que pintó en Italia y Francia, y que en su época fue tan importante como Sorolla, hoy sus obras son muy valoradas por su belleza, de ahí que esté considerado en el “Petit Maestres” entre los mejores pintores franceses del siglo XIX.
Como homenaje, en su exposición de 1990, pintó una versión particular del cuadro “Baile de Máscaras” de Daniel Hernández Morillo, titulándolo “Coquetería”.

Mariano Montoya, con quien conté en mis inicios como promotor y marchante de arte, en su pintura, nos deja como legado una rica variedad artística, obras que son testimonio vivo de su enorme talento, obras figurativas, donde unas veces el detalle y otras la fuerza y soltura de su impronta, delatan un dominio exquisito del dibujo y una prodigiosa aplicación del óleo con una técnica depurada. Sus obras son reveladoras de una sensibilidad especial, predispuesta para captar la imagen y su contenido más allá de lo visual.

El maestro Mariano Montoya, es un valedor del virtuosismo técnico, su pincel escrupuloso busca la calidad artística, encontrando siempre un afortunado tratamiento del color y de la luz. Está dotado de una gran imaginación, que le ayuda a realizar un realismo imaginario que abduce; también ha explorado el expresionismo, los abstractos y el surrealismo; las vanguardias no le han sido indiferentes, de las que tomando sus diversas formas de expresión ha experimentado con elementos matéricos, para llevar su talento al encuentro con obras verdaderamente bellas, su mundo. Un estilo personal de ver el arte, un mensaje de vida a través de su pintura.

Un poeta de la pintura, que incluso se atreve con la poesía de la que es un "conspicuo" anónimo poeta, la última vez que lo vi me recitó unos versos compuestos por él, a la soledad que le inspiraba una vieja puerta que yacía a solas con sus fantasmas.


Jorge Ernesto Ibáñez Vergara
Poeta, Promotor y Crítico de Arte.







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