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Ángel González

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Ángel González

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Bien muchachos, estábamos hablando, mas o menos, acerca de la cara más oculta de cada uno de nosotros. Todos íbamos a rezar a la Capilla Underground y allí no mandaba nadie. De lo que se trataba era de sacar a la luz lo más podrido de cada uno de nosotros. El resto del mundo, a simple vista nos era casi que indiferente. El compromiso que habíamos adquirido con la humanidad solo era el de dar un poco de colorido a esa atmósfera cenicienta que nos servía de telón de fondo para todas esas actividades cotidianas para las que fuimos aleccionados.
Recuerdo, me llegan a la mente, reminiscencias de innumerables citas que querían contraponer cada uno de los esfuerzos por demostrar otras sendas paralelas. Si clavaba el cartel de "por aquí, amigos", alguno de los genios literarios o artísticos mostraba una cita en la que me decía que estaba equivocado.
Pues bien, a pesar de la descentralización, la creatividad emerge de la mano de Emilio L-G, y no estaría mal decirle que aunque se esté a años-luz de llegar a ser entendido, lo importante es eso que él está haciendo: Un lugar donde evadirse de la miseria que nos rodea.
Un gusto encontrarte y resérvame un hueco en esa Capilla Underground, que me parece que tengo que encontrar algo por lo que rezar, lejos de la literatura, el arte y la poesía...Ah, la poesía: esa gran olvidada.
Cuando profundizas de verdad en la obra de un artista, a menudo llegas a cumbres y cimas. Lo curioso de la situación, es que al mirar la escultura de Federico Eguía, solamente veía valles. Algo había que me era muy sospechoso. Así, al modo de los detectives privados, le hice un seguimiento una mañana. Cogió su coche y yo, dejando un espacio razonable, emprendí el camino tras él. Me llevó hasta un pueblecito de la sierra de Madrid: Puebla de la Sierra. Se bajó del automóvil y se puso un traje de jardinero. Pensé que era su trabajo, pero seguía sospechando. Alrededor del pueblo había un recorrido escultórico que merecía la pena, y mucho. Federico empezó a quitar las malas hierbas de las esculturas y comenzó a recitarles poemas y textos variados. Cuando se mudó hacia el interior de una de las casitas de piedra, me di cuenta que, de una de las ramas que delimitaban la última escultura, cayó una hoja. No era otoño, algo no encajaba. Cogí la hoja y me quedé asombrado, estaba escrita... Lo cual aporto como prueba para que sus señorías lo juzguen como crean conveniente.

--------El valle de los sueños--------------------

Para qué cimas sin los sueros que cimentan.
Por qué dejarse engañar en la cumbre
si la autopista está correctamente señalizada.
Yo tenía sueño;
deseaba de su guarda escultórica
y me solazaba en la serranía de la palabra.
Ahora y en cada momento
el contenido de ese vaso cambia,
quiere estar ahí
donde el género de la palabra se doblega.
Tú dijiste Puebla de la Sierra,
entonces fantaseaba…
y los precipicios sugestionaban cálidas sábanas
un cómodo colchón, que entre líneas
susurraba al bronce, hierro, madera o ramas.
Luz, quiero luz
y saltamos un charco,
un arroyo, un puente levadizo,
suntuosamente levadizo,
maravillosamente onírico…
En ese preciso instante
todo se fundía de un modo sinfónico;
sinfonía de brotes en las calles.
Lo que esculpe el sueño
no lo acomoda el hombre,
ha nacido solo,
lo ha parido la piedra.
Acata sus raíces y vuela,
sueña que sueñas valles genéricos,
medicación para el alma,
ingenio del hombre que pide forma
y la sueña…
en el valle de los sueños,
en la flor más engalanada de la mañana.


Cuando te adentras en el fuego, todo toma connotaciones flamígeras. Por tanto abres el periódico, y sus páginas desprenden llamas, tus manos se envuelven en llamas, tus adentros se desenvuelven en llamas y todo queda relegado a las inumerables voces que penden de ese hilo, sin que puedas evitarlo.Manuel arde y dice que el fuego se encuentra vivo.Que todo en él vive, y la reflexión propia se imbuye de llama.Las paredes de la casa se empapelan con el rubor del rojo, y lo que cohabita en su interior despide un calor, que lejos de parecer sofocante es inevitablemente atrayente.Pero la vida y los ojos que la acunan, nuca desean dormir para siempre (qué palabras tan difíciles de escribir) en el lecho cándido.Entonces perderían la solidaridad de su sentido.Para sentir el calor, es necesario haber sentido muchas veces frío.Y quizás Manuel se haya cansado de tanto invierno, de tanto hierro, de tanta infertilidad de vestiduras, y ahora sus ropas se queman a lo bonzo.
José Luis se viste de luto; y no por orgullo sino por amor.El negro no es un ornamento más, el negro es la rabia ante miradas anegadas de la prisa. Pasos que nunca se detienen ante la esencia intrínseca del divagar diario, pasos que están demasiado ocupados para asomarse al abismo, que está plagado de un contenido sumamente sustancial.
Ahí surge el "Y tú,que miras".No con la máscara del tedio y del despecho, sino como el azadón que despierta la curiosidad. José Luis sólo desea extender la alfombra roja del conocimiento, la meta que se cierne en derredor sobre el mundo de los sentidos.Y de ese modo llegar al éxtasis; ya sea en el molde del amor o de la umbría de las cadenas que nos mantienen esclavizados, inertes, sin vida. Tenemos dulces sueños, pero desconocemos su significado. De todos modos, que no haya miedo; José Luis siempre lleva mechero y velas en el cajón del alma.
Después de Hiroshima, la cosa, para Maria Dolores Rebull y para muchos de nosotros quedó un poco más clarita. Diriase que tan clara, que ya no necesitamos de las gafas para despertar de la miopía.
La arrogancia y la prepotencia del antes, llegan a ser los puños en la boca del después.Rebull, siente el desconsuelo y lo expulsa como mejor sabe.La vista aérea de su lienzo nos presta una visión más franca de los hechos que hicieron tambalear el mundo.Y nunca es tarde para el recuerdo y la denuncia. María se embarca en su Enola Gay y no va cargada de bombas; lo suyo son los acrílicos. Una forma mejor de demostrar la valía, una forma menos cobarde de decir "aquí estoy yo".

Hoy estáis de suerte los que os paséis por este escaparate rosa.Hoy hablaremos de El Pene. Os he traído un gran miembro erguido acompasado por una silueta, que es sometida a su fulgor.
Patricia Saco también ha sido sometida a su poder autárquico.Porque la primera mirada es siempre suya.Se diría que desde su púlpito, el pene dictamina y la mente obedece.
Este pene no es el primero que se cierne, así de soberbio.Egon Shiele ( el cual os aconsejo que descubráis, si no lo habéis hecho ya) llegó a retratarse de esta guisa en "Eros" en el año 1911, ya ha llovido desde entonces... Incluso llegaba a acariciárselo con las yemas de los dedos.
Lo que más me gusta de los términos sexuales es que no poseen antónimos( si alguno conoce alguno, por favor que me lo diga) por lo que hablar de ello no será malo... Patricia ha otorgado a la obra una luminosidad que llega a deslumbrar. Las connotaciones de la obra pueden ser múltiples, las acepciones infinitas.A cada uno de nosotros nos sugiere una cosa; a algunos puede llegar a escandalizar, a otros les puede sugerir voluptuosidad, al algunos puede parecerles aburrido, a lo de más allá les puede interesar... Pero lo que Patricia muestra en esta obra, no es para la indiferencia. Los empastes rojizos le dan una esplendor mágico y los amarillos intentan acallarlo.Eso tiene mucho que ver con la sociedad que cohabitamos.En ella caben movimientos insulsos con los lances que acaudalan la sublimidad. Nuestra sociedad puede ser hipócrita y despiadada y a la vez sumamente dulce y contemplativa.
Preciosa obra Patricia, estamos deseando descubrirte.
José Vicente siente la lava supurando fuertemente desde adentro.En busca de el foco de infección, traza pinceladas punzantes con las que delinear el contorno; se diría que acordona la zona de los hechos. Una vez aislada la realidad, embiste con mucha fuerza y busca pistas por toda la superficie de su obra.
En un momento de frenesí,siente la tentación de abandonarse hacia verdades más claras, más amarillentas; pero no,la verdad solo conlleva un camino ... el de la soledad.
La soledad es roja, la soledad, a veces es amarilla y el corazón suele pasar sus mediodías colgado de un enramado muy negro, bastante obtuso para sumarse a este juego de búsqueda y hallazgo.
Y puede que José Vicente, se halla sentido hastiado y necesitase abrir claros entre el brumoso bosque de sangre, entre el caldo de cultivo donde se ha acunado esta obra. Puede ser que se cansase de merodear por la playa y necesitase que su barca surcase las olas mar adentro,MUY ADENTRO.
Alexandra Rodrigo se afana en sondar la mirada profunda. Ese otro rostro dogmático que se empeña en buscar las alas donde solo habitaban vuelos errados.
La miscelánea cromática se rodea de brisas transparentes, que hacen saltar por los aires la hermética esencia de las inconexiones cotidianas.De los edores de la vida misma y sus consabidas facturas ambiguas.
Alexandra no pretende que nos queramos un poquito más; la fuerza de su pintura metafísica radica en que sintamos la presencia. Que seamos capaces de cohabitar sin hollarnos. Que las máscaras leviten y seamos tan locuaces que volvamos a sentir el albor en los ojos y la candidez en el corazón.
Así, observándonos los unos a los otros; unos tan fríos y calculadores, otros tan viscerales y desgarradores, de este modo, llegar a encajar todos en ese enorme lienzo en el cual todos tenemos cabida.
Entre los ojos quedos y las espaldas azuladas existen bambalinas que desean ser ultrajadas por esa palabra tan perspicaz que se llama "RECONOCIMIENTO"