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<strong>Los cuerpos, siempre los cuerpos.<br /><br />Segúna Gabriel Marcel, debemos el sentimiento de la existencia a la conciencia de nuestro propio cuerpo:<br /><br />"Cuando yo afirmo que una cosa existe, es porque considero esa cosa como enlazada con mi cuerpo, como susceptible de ponerse en contacto con él, por indirectamente que ello sea. El carácter a la vez íntimo y misterioso del lazo entre yo y mi cuerpo colora en realidad todo juicio existencial".<br /><br />Y este es el sentimiento que Viñas nos plasma en este lienzo y en casi todos los suyos. Y es su forma de compenetrarse con la realidad, hacer que esa realidad dé sentido artístico a su existencia.<br /><br />Pero además, en esta muestra, hay un enfrentamiento entre lo que Jaspers, el filósofo existencialista, llamaba ley del día y ley de la noche: la ley del día dispone el orden, la claridad, la lealtad y la acción constructiva; la ley de la noche representa la oscura vocación de la muerte, la voluntad de arruinarse.<br /><br />Esta pareja de cuerpos, su resplandor, representa a los símbolos de la vida: atracción, amor, unión, morada, etc. La noche, de fondo, es un umbral de muerte, de derrota, de viaje a un destino final.<br /><br />En cierto sentido, se ha cumplido un principio: lo que el artista inicialmente se planteó como un auténtico problema susceptible de una técnica adecuada a su función, después, acabada la obra, se convierte en un misterio que la trasciende. </strong>
<strong>Este artista es víctima de una fatalidad pasmosa: la que tiene lugar en un estino condenado a ser fruto de una ósmosis entre él y el fuego de la pasión por el color.<br /><br />Color que en esta obra es casi como una vidriera que representase la figura en ampios mantos que la transformasen en una semblanza en la que la fastuosidad plástica alcanzase el poder de sembrar un misterio que solamente se le concedía a los dioses.<br /><br />Cual Prometeo contemporáneo, Humberto lo ha robado del Olimpo y lo ha descendido a su isla para, siendo un humilde artífice, trastocarlo, metamorfosearlo en habitantes, coterráneos o auctótonos que moran a su lado, conviven con él en un mundo escindido.<br /><br />El color lo entiende como un universo que puebla por si mismo el espacio en el que se materializa la creación, se inscribe en él como aquel elemento indispensable para nuestra vida, el que gobierna nuestros actos, los orienta y los dirige de cara a rebasar dimensiones, horizontes, a que, por fin, podamos romper con esquemas y visiones que no saben sacarnos de nuestras rutinas.<br /><br />Esta vidriera tiene ese perfume que atrae y pausadamente nos impele a expresar un juicio sobre su naturaleza, que nunca será indiferente.<br /><br />Esta dama ultrajada, de hondas raigambres estéticas, no necesita más envoltura que la plasmada para ceñir nuestra mirada con las tonalidades de la languidez, del abandono, de la inocencia herida, en definitiva, con el abanico (nunca mejor dicho) de la melancolía. </strong>
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