Maternidad, una obra fresca llena de color, donde la ternura, la dulzura y el amor florece en un embarazo que se muestra, donde la idea es una oda en la mirada, un parto litúrgico en el pincel del pintor.
Domina la atmósfera un dorado que se deja enamorar por la luz, para que los rojos, verdes, amarillos y azules que se intercalan como si fuera un arco iris de ilusiones, retratando los sueños de una mujer que muestra su embarazo en actitud contemplativa, dulcificando una caricia que con su mano trasmite al hijo aún no nacido; para ello que mejor, que el color morado en su desnudez como catalizador del contenido, para reflejar la emoción, el sentimiento.
¿Qué colores? El oro navega en el azul morado, y los rojos con una luz con destellos de vida, que iluminan, colores en ebullición para representar sueños e ilusiones en forma ráfagas que se alargan sobre la cabeza de la madre, colores que se agitan para encontrarse en ese punto donde la belleza toma la jerarquía de arte.
La figura mantiene un identificable volumen caracterizador de la imagen, consiguiendo un vuelo en la figuración, que navega entre un realismo mágico y un neofigurativismo sin inclinaciones perfeccionistas, acompañado de un acentuado impulso expresionista en el cuerpo y en la expresión fisonómica, que bien podría llamársele expresionismo mágico.
Su inteligible manifestación figurativa se orienta hacia la exaltación de la expresión con original captación de la maternidad que trasunta mas allá de una sumisa imitación de la mimesis, sino, que recoge la manifestación de la emoción reflejadas en el embarazo, representando una imagen con personal enfoque.
Esta maternidad, es tremendamente bella, la exquisitez de sus colores y la expresividad del motivo es toda una poesía orquestada en los compases del pincel de este gran maestro boliviano, Orlando Arias Morales.
Enhorabuena maestro por regalarnos esta pequeña gran joya.
Tuvo que salir la luna para iluminar este encuentro, el dialogo de un hada y un colibrí donde sobran las palabras, donde cautiva queda la mirada.
Una historia que amalgama la magia del entendimiento recogida por el pincel del pintor, obra que es fantasía tierna e idílica, que nos lleva a soñar despiertos en un mundo de ensueño, un cuento de hadas que nos invita a soñar.
El colibrí en su baile agita sus alas suspendido en el aire por encima de su nido, una danza en su coqueteo con la vida, donde se establece un idilio visual metafísico con el hada, mientras cobija en su vuelo a los tres huevos de su nido con delicado celo, vida al abrigo del calor de su propia vida.
Testigos del idilio hada y colibrí, son el mar y la luna, un mar en el que se aquietan las sombras y la luna que entre azules no deja que se pierda el instante en la oscuridad de la noche, bañándola de plata en la lejanía, luz que se vuelve dorada cerca del nido, iluminando la escena en primer plano, mientras al abrigo del baile del colibrí la vida se abre paso alrededor del nido.
El pintor deja que el trazo preciso vaya rasgando la silueta de su imaginación en un escenario onírico, de ensueño, un dialogo tierno entre el hada y el colibrí….
Arnold Quintero, en esta ocasión, deja que su impronta siga a sus sueños dándole cobijo en la tela para que podamos entrar en contacto con ellos…
Quien no sabe que es un sueño no sabe que es soñar.
“El enfermo”, el acierto de Arias Morales para representar este tema poco abordado, no está en sus capacidades como pintor, sino que trasciende el pensamiento que hurga en la creación para encontrar la justa línea donde el arte preña a la idea.
“Pareciera que el enfermo se consume en su lecho de muerte, o quizá, sólo está enfermo de pesar, muerto en el pensamiento lleno de tedio, actor suicida en el teatro de su vida”.
En esta obra, no sólo la representación de la forma es captada con acierto, sino que la imagen expresiva traduce la íntima psicología descubierta en el gesto, la emoción y el sentimiento que aflora en el ademán, la mirada o el semblante, reflejando el ánimo de la figura captada por el pincel del pintor
El dibujo desprovisto de complejidad, llena de primigenia creatividad, impregna de emoción el gesto que campea en el lienzo, en el que pervive representado al enfermo en una escrupulosa concepción expresionista, donde convive diseño y color en responsable actitud plástica.
El neo-figurativismo expresionista de la obra, desarrolla un tema de marcado raigambre social con voluntad de reclamo; “el enfermo” cobra relevancia plástica por la originalidad de su estilo y la dimensión comunicativa de fuerte impulso emocional, y es que la obra está articulada con una vigorosa animación dramática perceptible en la generosa gama de colores frescos para quitar dramatismo al tema, que va arropado por la expresividad de la idea.
Su desarrollo estético no se detiene en la superficial representación del tema, sino que trasciende en la búsqueda de la expresión que palpita vivamente en el lienzo
Arias Morales despoja el aire dramático y tenebroso al tema, imprimiéndole el sello personal de su estilo.
Orlando Arias Morales, recrea una maternidad tomando como referencia a una mujer de origen africano con su hijo recién nacido en brazos.
Una mujer guiada por su instinto, con gesto adusto, serio, valiente ante la vida, iluminada tan sólo por el destello de la blanca luz de sus ojos que contrasta con el color de su piel, una tierna mirada felina ante la vida, llevando a cuestas su condición de madre con mil sueños desperdigados sobre su cabeza, aderezando sus ilusiones con amor infinito, colores que se despliegan como si fueran alas de mariposas de sueños.
El pintor partiendo de un dibujo sabiamente encausado para recoger la expresión, va bordando con fino hilo el sentimiento que toma forma poco a poco mientras los pigmentos van invadiendo la geografía del lienzo que pierde su virginal blancura cuando la imagen aparece ataviada de color como ente revelador de su lenguaje.
Arias Morales, despojándose de tonalidades encorsetadas por la realidad nos deja una recreación distinta, para que la realidad intrínseca al sentimiento tome vida, sea objetivada con la percepción interior más que con la mera superficialidad de la imagen.
Esta obra, mantiene una combinación armónica de líneas y colores que resaltan la idea, una alta expresión eurítmica en la plasmación del motivo, una bella representación que recoge el gesto maternal y a la vez las virtudes de la impronta del pintor en el proceso creador.
Bella obra que armoniza con colores suaves y calidos una excelente recreación, una maternidad que no deja indiferente.
Huir no es escapar pero sólo huyendo se escapa, nos recuerda un dicho del acerbo popular. En este sentido, el místico poeta Fray Luis de León escribía: “Huye, que sólo el que huye escapa”
“La huída”, es una obra realizada con la fuerza de creador desde la serenidad del universo del pintor y ejecutada con la dulcificada furia de su talento.
El color rojo en su fuga alborota al blanco, amarillo, naranja y azul celeste, dando la apariencia que va dejando atrás el vacio de la oscuridad en la estela del color negro, para dotarle de protagonismo a la huída, nacida abstracta en la idea, insinuada en el lienzo y objetivizada en los imprevistos del color, una huída a la imaginación.
En esta obra, Vilanova Ratzki, se deja llevar por los desvaríos de la creación, dejando que su genio de pintor sea espontáneo, donde el gesto totalmente libre de una paleta que modula empastes generosos, con pincelada firme y espontánea, nos deja ver la intención del trazo que va tras la sombra de la línea, apoyándose en el color, dejando que la imaginación imantada se pierda en la huída de la representación.
Esta obra insinúa la articulación de la imagen camino a la interpretación de lo enigmático, alivia lo visual acercando las jerarquías ópticas de la imagen hacia la imaginación, la perspectiva se trasgrede a sí misma, cuando no, se anula en la no representación para dejarlo todo a un plano meramente abstracto que se sustrae de lo visual, atado al enigma de lo imaginativo, complejidad que se adivina en la querencia reveladora que aquieta la idea de marcado perfil significativo en la expresión abstraída de contenido real.
Vilanova Ratzki, despliega con destreza un certero y ligero trazo, sometiendo a la materia que se acentúa con el color.
Su obra deviene en una especie de informalismo abstracto y expresionista.
Esta obra, bien valdría la recreación del bolero de Alci Acosta “la copa rota“ para echar andar la imaginación mientras contemplamos con alma de pintor, y en ese trance, vamos entonando con deleite de trovador, “…Nada remedia con llanto, /nada remedia con vino, /al contrario la recuerda /mucho más mi corazón./ …No te apures compañero / si me destrozo la boca, / no te apures que yo quiero / con el filo de esta copa/ borrar la huella de un beso / traicionero que me dio./ …Mozo, sírveme la copa rota,/ sírveme que me destroza/ esta fiebre de obsesión./ Mozo, sírveme una copa rota,/ quiero sangrar gota a gota,/ el veneno de su amor…”.
“La copa rota” de Walter Félix es una obra hermosa, que en su configuración coquetea con el cubismo dejando en el entramado de su elaboración un cierto aire picasiano, como ya nos tiene acostumbrados el pintor, deja que la línea irrumpa a su antojo entre los colores quebrando la geometría para darle rostro a la forma que va apareciendo de la nada del lienzo vacío .
En este caso nos muestra a una dama tumbada sobre su costado, dejándonos ver el encanto de su femenidad, la desnudez de sus pechos con un desparpajo generoso, mientras una "copa rota" en primer plano se yergue como el elemento que asume el protagonismo captando la atención del observador, la rotura de la copa, sólo es el catalizador del mensaje subliminal de la escena.
El pintor, a sabido sintetizar el contenido de la idea en una preciosa alegoría a la “copa rota”, instrumentada con las bondades y los artificios del color, pero sobre todo con el ingenio y la seguridad que le da el hábil manejo de su talento, donde el trazo obedeciendo a los desvaríos de su impronta va adueñándose de los planos para que cada elemento esté en su sitio.
La articulación de los colores transitan en un laberinto de colores cálidos y frescos, tonalidades que pasan por el Prusia , ocres, naranjas, algún verde, el escarlata y rematando el concierto, el blanco como presencia de autenticidad del contenido, en suma, un engranaje de tonos que se rinden al lenguaje expresivo de la idea, una recreación sin ataduras para que cada uno pueda hacer su propia lectura, una composición equilibrada, desposeída de la saturación que da el exceso de elementos.
Walter Félix en esta pintura no sólo consigue armonizar el color y la línea que se desliza despreocupada de cualquier referencia, sino que, nos deja una hermosa obra para el deleite.
"Para la libertad sangro, lucho y pervivo./Para la libertad, mis ojos y mis manos,/como un árbol carnal, generoso y cautivo,.../Para la libertad, siento más corazones/ que arenas en mi pecho dan espuma a mis venas,.../ Porque donde unas cuevas vacias amanezcan,/ellas pondrán dos piedras de futura mirada,/y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan/ en la carne talada./Retoñaran aladas de savia sin otoño,/reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida;/porque soy como el árbol talado que retoño: /Aún tengo la vida." Miguel Hernández..
La obra, “Hacia la libertad”, es un pensamiento, un deseo, un grito, o quizá un sueño enquistado en el sub-consiente del artista, una metáfora que se diluye esquiva entre el pincel y los dedos del artista como reclamo colectivo para representar la idea.
Laberinto de rojos que se sublevan rasgando el horizonte en la frontera con el amarillo que ataja a la luz congelando en su destello un universo de sueños, que cuece fantasía en un oasis de fuego escoltado por un circulo que levita atrapado en el espacio; parto de la imaginación en los contrastes del contraluz, que nos deja en el centro el aroma de solead de una silueta negra, de un pensamiento que huye, una sombra que camina hacia la libertad.
Esta Obra se mece en las delicadas fauces artísticas que oscila entre el expresionismo abstracto y el simbolismo abstracto, matizando la idea con ribetes de cierta iconografía indigenista, donde el pintor aprovecha la fuerza del color para resaltar detalles y hacer aflorar la fuerza de la imaginación a través del viaje óptico que va a la caza de las emociones
Gabriel Cano Flores, logra captar la atención del espectador seduciéndolo con el misterio de su universo artístico para que cada quien en la abstracción de su trazo estructure su fantasía a su manera.
Un prado luminoso que se esfuma en la distancia, nos deja una estampa florida con luz de medio día, que le sirve de refugio sereno al tiempo que detiene su trepidar, para que las flores silvestres amarillas y violetas nos dejen un canto de color, mientras la luz se recrea avivando los colores de primavera para que el ojo se quede extasiado con el embrujo de tan bello florecer.
Para Felciuc, el paisaje es una pequeña parte en el hábitat del amplio repertorio de su pintura; dentro de la cual, su visión del arte, desencadena una fuente de inspiración con vocación nostálgica, que le lleva a tener como referencia paisajes frondosos de su tierra, llenos de color y sobre todo llenos de luz.
En esta obra, Dumitru Felciuc consigue con diversos tonos de color amarillo y verdes un cromatismo armonioso, una sinfonía que merodea los tenues destellos del color en su huída hacía la luz; logra en la composición, una luminosa suavidad relajada en su juego con el óleo, para ello se sirve de una pincelada certera que nos deja un paisaje lleno de frescura.
Felciuc, no se abstrae del momento del día que queda reflejado en el lienzo; la luz suave que tamiza los tonos y la luz fuerte que desdibuja la forma difuminándola, se encargan de atrapar el momento y dejarlo quieto para que el observador entre en contacto con él.
Pintar la luz y la atmósfera como fuente de la naturaleza, es un cometido fascinante para quienes gustan de hacer volar la imaginación a través de un hermoso paisaje como este.
“La espera”, un halito, un soplo, una esperanza, por si vuelve la vida, por si vuelve el amor o el destino que aún no llega.
Excepcional interpretación, “la espera”, una poesía fresca que envuelve sus versos en color, con estrofas que se leen en las formas y líneas que la composición nos regala con matices oníricos, un sueño, al que el protagonista se agarra para esperar su tren, él y su sueño, él y la espera; un estado de inquietud y una estación, en la que la esperanza deja volar sueños para que la vida vuelva a sonreír. Un sueño ávido de esperanza que el pintor ha recreado magistralmente en esta obra.
En un mundo dislocado, el tren y sus rieles dialogan en silencio con quien espera, mientras ajena se asoma una ciudad sola, a oscuras, aguardando que llegue un nuevo amanecer, un nuevo día, para que los sueños en su viaje tengan luz; mientras, los relojes en su lucha con el tiempo han congelado el momento en sus agujas para que la espera ilumine con colores la flor de la esperanza.
¿Quién no ha sentido esta sensación? ¿Quién no ha esperado alguna vez? Esta obra tiene la peculiaridad de hacer florecer la esperanza, tiene la frescura del amanecer y el alivio sereno del atardecer, los colores de una mariposa vestida de azules, la ilusión de un universo de sueños y la luz de esos días cuando la vida se detiene para confiar en el destino.
Obra concebida con acierto de creador, “la espera”, nombre teñido de esperanza, que le da un aire poético a la composición, que genera curiosidad e inquietud, que abduce a quien la contempla, algo que mantiene viva la ilusión, donde va cautivo el corazón para que libre vaya el alma en busca de luz, para ungirse de esperanza, mientras la quietud del cuerpo al son del tiempo que pasa, se alimenta de sueños, piensa, espera, curte las cicatrices del corazón.
Mejor no se podría pintar un sueño, “la espera”, una melodía encadenada, un canto a la ilusión, un rayo de luz en una ciudad que duerme mientras su protagonista sueña.
Hace falta ser un soñador para regalarle sueños a la esperanza, sueños que mantienen viva la espera.
“Teoría de juego”, obra de gran impacto visual, expresionismo con cierta dosis de onirísmo para capturar lo irónico de la suerte.
Frente a frente, cara y cruz, las dos caras de la misma moneda, un personaje obeso, grotesco, fumando, mostrándose ganador, retratando la opulencia, con varias cartas en la mano, y enfrente, un personaje con la piel pegada a los huesos, dibujando sus costillas, famélico, cadavérico, llevando a cuestas la raquítica expresión de su cuerpo, jugándose su ultima carta, la que le queda, con la sombra de la derrota en sus narices.
De fondo la oscuridad coloreando la enigmática noche, y sobre los personajes, una lámpara que ilumina el desenlace de la escena, humo de cigarro y alcohol en una partida de póker, donde al perdedor, totalmente desnudo, se rinde e inclina la cabeza descubriendo su última carta, se le agotaron todas sus posibilidades, y como manda la jerga del juego, ya no tiene ningún “as bajo la manga”, ni si quiera tiene tiempo ni oportunidad de hacer su último “farol” para poder llevar a engaño a su contrincante.
En esta obra, el pintor pareciera reflejar ese universo donde muchas veces los estados introspectivos se enfrentan, dos momentos que se polarizan, dos extremos de la vida, ganador y perdedor en plena teoría de juego.
En la teoría del juego unos ganan y otros pierden, el juego se tropieza con la gloria y el infortunio en una misma partida, el juego arrastra a la suerte a depender de una carta, victoria y derrota, todo o nada.
Jesús Vázquez, en esta obra recoge con acierto el desenlace del juego de la vida misma, dotándola de una atmósfera lúdica en un marco lúgubre de colorido y de un marcado aire expresivo en la representación de la teoría de juego.
“La sortija”, título sugerente que recoge lo anecdótico del detalle para equilibrar el protagonismo de la escena que grandilocuente se impone en la composición de esta gran obra.
Una sortija y una escena de lo más enigmática, donde una bella mujer pelirroja, acostada, semidesnuda, indiferente y junto a ella, un galán seductor disfrazado de Pierrot, enfundado en un gorro rojo con cuernecillos de diablillo embaucador, ofreciendo a la dama una tentadora sortija que lleva encastada un hermoso brillante; cerca expectante, una doncella de espaldas, de negra cabellera, deja traslucir las líneas de su cuerpo a través de su vestido, donde la mancha, generosa se vuelve transparente insinuando su sinuosa anatomía.
Mariano Montoya, en planos superiores nos deja un realismo minucioso y preciosista, donde impecable impera el detalle, y en la parte inferior de la composición, resalta un neoimpresionismo casi abstracto por su desenfado, casi grotesco por su generoso empaste, donde el imperio de la mancha es de resaltar; donde seducida su impronta por el óleo, ésta genera el caos preciso para que revoltoso el color le lleve a hilar la idea, lo que le imprime fuerza a la obra dotándola de carácter y personalidad.
Combina al mismo tiempo, un realismo depurado y una densidad matérica que insinúa transparentes veladuras abstraídas, revestidas en la mancha que diluye el ornamento en planos inferiores de la composición haciendo que la mimesis se pierda silenciosa difuminando las líneas en un maremágnum de un óleo generoso que se revela en su tránsito hacía lo excelso de la creación; un matiz estético que el pintor encara como respuesta al reclamo de la idea y versatilidad de la obra.
En esta obra, Mariano Montoya que nos seduce con un realismo que se impone, se propone ir mas allá de donde terminan los limites geográficos del dibujo, mas allá de donde termina la forma y su belleza formal, particularidad que se observa en la composición, donde la forma se desdibuja y se emborrona cada vez que el trazo huye hacia los márgenes inferiores del lienzo.
“Los amantes”, han sido fuente de inspiración de escritores, pintores y poetas, desde tiempos remotos;
“¿Quién los ve andar por la ciudad si todos están ciegos? / Ellos se toman de la mano: algo habla / entre sus dedos, lenguas dulces lamen la húmeda palma, corren por las falanges y arriba está la noche llena de ojos. / …Los amantes rendidos se miran y se tocan / una vez más antes de oler el día…”. (Escribía, Julio Cortázar, en un fragmento de su poema “Los amantes”).
Por su parte, Juan Carlos Ñañake Torres, en su obra “Los amantes”, le hace un guiño al expresionismo más significativo y nos remite irremediablemente a recordar a Die Brücke y Der Blaue Reiter, las agrupaciones de artistas más importantes del expresionismo que surgiera en Europa en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial.
Esta obra se antoja revestida por un austero y contradictorio cromatismo, en la recreación el amante lleva la emoción a flor de piel, de ahí, el rostro colorado, con gesto atento, embobado, ofreciéndole a su amada una flor amarilla, ella, mirando la luna, soñando despierta en un gesto de estar en las nubes, se muestra interesante a la vez que receptiva al amor que le toca vivir en el universo del pintor.
Obra de trazos toscos, con sus perspectivas alteradas y sus deformaciones enfrentadas a la figura elaborada, imponiendo su preeminencia en el volumen, donde el dominio de la expresión espontánea y exaltada, da lugar a gestos emotivos y sublimes, tan expresivos como las manifestaciones en el amor.
El pintor en esta obra, busca desarrollar la capacidad expresiva de sus personajes, "los amantes", potenciando el color y simplificando brutalmente la forma, que sigue dislocadas líneas en su pensamiento, que a su vez, le conducen a una exageración deformante, que pasa a ser presencia espiritual de su obra.
"Belleza Artificial", tras el título una interrogante, ¿Quién ha dicho que la belleza no engendra sufrimiento?. El autor, "plasma de manera surrealista el sufrimiento de aquellas personas que, por el paso del tiempo se resisten a despojarse de la belleza física...un entramado trágico del idílico tema, una metáfora...en el que el ojo observador castiga con una atenta mirada sin compasión".
Tres personajes dispares en actitud de congoja con la expresividad dibujada en la postura de los cuerpos, un escenario donde los personajes tienen su propia historia y los elementos dicen algo, tienen su propio contenido, como el ojo vigilante y el desgarro de la piel deshumanizando la pierna, que nos deja ver una pieza metálica en vez de músculo, subvirtiendo a su personaje, mecanizándolo, lo que le da un toque de irrealidad a la escena, quedando de esta manera revestida de misticismo en un marco surrealista.
La composición se completa con escaleras, llaves, rombos y una vela apagada, elementos de su propia iconografía, en un escenario donde la perspectiva y el color están al servicio de la idea, encontrando el equilibrio en el ingenio imaginario.
Hermel Orozco explora desde su propio universo para la creación de esta obra, en la que se entrecruzan, expresionismo y surrealismo, coexistiendo ambas tendencias en el peculiar estilo del pintor que nos sorprende nuevamente con esta magnifica recreación.
Como diría Luis Buñuel: “Afortunadamente en algún lugar entre la suerte y el misterio se encuentra la imaginación, lo único que protege nuestra libertad”.
Hermel Orozco encuentra los entresijos del tema de su obra en su disposición psíquica, en la deliberación alucinante de sus pensamientos y el fluir irracional de su inconciente, y a partir de ello, crea concientemente y con entera libertad esta obra que parece incoherente e irracional por los elementos surrealistas, y enigmática por el aire expresionista de su contenido; creación sometida, indudablemente, al torrente de su imaginación.
En este sentido, es una constante en este pintor, que el color convulso avive sus pigmentos guiados por un trazo que se revela en su tránsito a la real apariencia de las cosas; en este devaneo artístico, la perspectiva, la exactitud física y los colores naturales pierden su vigencia y la exageración deformante pasa a ser el espíritu revelador del tema.
Excelente trabajo, recreación que denota la madurez artística del pintor.
“Ante el último respiro”, obra que nos presenta Adriana Papayanopulos, y que su autora la describe como arte figurativo abstracto.
El óleo como un reguero sigue su camino, revolucionando sus pigmentos para ser presencia viva ante el último respiro que debate su razón existencial sobre fondos que rompen el desértico silencio siguiendo de reojo al drip-paintings que abanderara Jakson Pollok, enervando un viaje adherido a la mancha, un universo que aglutina en su laberinto un entramado dialéctico de cimbreos con la línea, un juego abigarrado donde a pesar de la mancha el óleo sigue su curso, dejando la sensación de limpia presencia en un fondo de color que la luz da transparencia y claridad despejando el horizonte.
El reguero se interconecta y emparenta con la mancha en su búsqueda, en su paso por distintos estadios, negro, rojo y blanco, fondos de color que la luz recrea en cada espacio rectangular, ventanas donde el serpenteo del óleo en su tránsito hacia el último respiro se estira entre manchas de naturaleza incierta, alargándose en su búsqueda hacia su destino, como dijera Pollok, “Descifrar la naturaleza para descubrir el ritmo de su propia vida”
El mismo Jakson Pollok, decía: “La pintura abstracta es abstracta… no tiene principio ni fin”. La obra de Adriana Papayanopulos se debate en la abstracción buscando una figuración inexistente, insinuada, figuración que no pretende decir nada, pero que dice muchas cosas a la vez; un viaje introspectivo que la pintora recrea a su manera, a su estilo, dejando que su impulso creador se debata entre la representación y la imaginación de la nada, un sorbo de su ingenio ante el último respiro.
Sus grafías abstractas espontáneamente buscadas, seducen a la mirada llevando al imaginario a querer adivinar en la abstracción un universo figurativo, que sólo toma sentido con la imaginación.
En esta obra, la materia del óleo no dice nada en su discurrir por el lienzo si no se intenta buscar la verdadera expresión del abstracto.
"... Fui rival de un muñeco de trapo...que no hacía sino reirse de mí con una bocaza pilluela... Tuve que entender un sinfín de cosas perfectamente ininteligibles. Tuve que decir un sinfín de cosas perfectamente indecibles...Tuve que oirla llorar por mí...". Escribía Martín Adán en 1928 en su novela "La Casa de Cartón", literatura peruana de vanguardia escrita en prosa lírica, en la que el poeta recrea un viaje introspectivo volviendo al recuerdo de sus primeros amores.
“Solitario camino de regreso”, con este título Julio Calle nos deja una obra con identidad propia, un trozo de su universo pictórico que nos adentra en los laberintos de su pensamiento, un viaje introspectivo a su mundo interior, un lenguaje, para ello, nos ayuda con la explicación que esboza de su obra, de la que dice: “Emprendemos el retorno a la casa del padre dentro de un mundo que a veces nos hace sentir ajenos y solos…”
En esta recreación un muñeco de trapo zurcido de lado a lado, de canto a canto, mostrando en su rostro las cicatrices de un tiempo que no quiere ver, no le hace falta ojos, ya tiene innumerables ojos detrás, a lo lejos, espiando su memoria, mirando el solitario camino de regreso, cuya historia va escrita puntada a puntada en cada costura.
Son reveladores los remiendos que el muñeco lleva a base de puntadas, que no se esconden, que son como cicatrices que le privan de ojos, un mensaje revelador de un lenguaje singular que el pintor lo define como expresionista; una recreación que en su muñeco de trapo, linda, ternura con feísmo, inocencia y miedo, tenebrismo y colorido.
Las cicatrices de la vida son tantas, que expresar los avatares del camino de regreso en los remiendos del muñeco es una llamada para demandar la atención de quienes se sienten atrapados en una lucha solitaria en su vuelta a casa, aunque las miradas no le dejen advertir que su casa está dentro de él y su camino también.
Su pintura expresionista por definición del mismo pintor, está inmersa en un neofigurativismo que lleva consigo un sutíl fondo simbólico, por cuanto, sus muñecos pretenden representar algo, pero fundamentalmente contiene un amplio espectro expresionista de carácter psicológico reflejado en sus figuras que carecen de rigidez categórica, pero que nos imantan de mudables sugestiones en cada representación.
Esta obra que no deja indiferente a quien la contempla, recoge la expresión de un contenido que hay que escudriñar en el muñeco de trapo y en la poliformidad de los fantasmagóricos personajes que enervan la composición, que expresan la idea desencadenando inquietud, manteniendo la unidad interpretativa certeramente armonizada, un mundo de imágenes lleno de misterio.
Domina la atmósfera un dorado que se deja enamorar por la luz, para que los rojos, verdes, amarillos y azules que se intercalan como si fuera un arco iris de ilusiones, retratando los sueños de una mujer que muestra su embarazo en actitud contemplativa, dulcificando una caricia que con su mano trasmite al hijo aún no nacido; para ello que mejor, que el color morado en su desnudez como catalizador del contenido, para reflejar la emoción, el sentimiento.
¿Qué colores? El oro navega en el azul morado, y los rojos con una luz con destellos de vida, que iluminan, colores en ebullición para representar sueños e ilusiones en forma ráfagas que se alargan sobre la cabeza de la madre, colores que se agitan para encontrarse en ese punto donde la belleza toma la jerarquía de arte.
La figura mantiene un identificable volumen caracterizador de la imagen, consiguiendo un vuelo en la figuración, que navega entre un realismo mágico y un neofigurativismo sin inclinaciones perfeccionistas, acompañado de un acentuado impulso expresionista en el cuerpo y en la expresión fisonómica, que bien podría llamársele expresionismo mágico.
Su inteligible manifestación figurativa se orienta hacia la exaltación de la expresión con original captación de la maternidad que trasunta mas allá de una sumisa imitación de la mimesis, sino, que recoge la manifestación de la emoción reflejadas en el embarazo, representando una imagen con personal enfoque.
Esta maternidad, es tremendamente bella, la exquisitez de sus colores y la expresividad del motivo es toda una poesía orquestada en los compases del pincel de este gran maestro boliviano, Orlando Arias Morales.
Enhorabuena maestro por regalarnos esta pequeña gran joya.
Una historia que amalgama la magia del entendimiento recogida por el pincel del pintor, obra que es fantasía tierna e idílica, que nos lleva a soñar despiertos en un mundo de ensueño, un cuento de hadas que nos invita a soñar.
El colibrí en su baile agita sus alas suspendido en el aire por encima de su nido, una danza en su coqueteo con la vida, donde se establece un idilio visual metafísico con el hada, mientras cobija en su vuelo a los tres huevos de su nido con delicado celo, vida al abrigo del calor de su propia vida.
Testigos del idilio hada y colibrí, son el mar y la luna, un mar en el que se aquietan las sombras y la luna que entre azules no deja que se pierda el instante en la oscuridad de la noche, bañándola de plata en la lejanía, luz que se vuelve dorada cerca del nido, iluminando la escena en primer plano, mientras al abrigo del baile del colibrí la vida se abre paso alrededor del nido.
El pintor deja que el trazo preciso vaya rasgando la silueta de su imaginación en un escenario onírico, de ensueño, un dialogo tierno entre el hada y el colibrí….
Arnold Quintero, en esta ocasión, deja que su impronta siga a sus sueños dándole cobijo en la tela para que podamos entrar en contacto con ellos…
Quien no sabe que es un sueño no sabe que es soñar.
En esta obra, Quintero es un pintor de sueños
“Pareciera que el enfermo se consume en su lecho de muerte, o quizá, sólo está enfermo de pesar, muerto en el pensamiento lleno de tedio, actor suicida en el teatro de su vida”.
En esta obra, no sólo la representación de la forma es captada con acierto, sino que la imagen expresiva traduce la íntima psicología descubierta en el gesto, la emoción y el sentimiento que aflora en el ademán, la mirada o el semblante, reflejando el ánimo de la figura captada por el pincel del pintor
El dibujo desprovisto de complejidad, llena de primigenia creatividad, impregna de emoción el gesto que campea en el lienzo, en el que pervive representado al enfermo en una escrupulosa concepción expresionista, donde convive diseño y color en responsable actitud plástica.
El neo-figurativismo expresionista de la obra, desarrolla un tema de marcado raigambre social con voluntad de reclamo; “el enfermo” cobra relevancia plástica por la originalidad de su estilo y la dimensión comunicativa de fuerte impulso emocional, y es que la obra está articulada con una vigorosa animación dramática perceptible en la generosa gama de colores frescos para quitar dramatismo al tema, que va arropado por la expresividad de la idea.
Su desarrollo estético no se detiene en la superficial representación del tema, sino que trasciende en la búsqueda de la expresión que palpita vivamente en el lienzo
Arias Morales despoja el aire dramático y tenebroso al tema, imprimiéndole el sello personal de su estilo.
Una mujer guiada por su instinto, con gesto adusto, serio, valiente ante la vida, iluminada tan sólo por el destello de la blanca luz de sus ojos que contrasta con el color de su piel, una tierna mirada felina ante la vida, llevando a cuestas su condición de madre con mil sueños desperdigados sobre su cabeza, aderezando sus ilusiones con amor infinito, colores que se despliegan como si fueran alas de mariposas de sueños.
El pintor partiendo de un dibujo sabiamente encausado para recoger la expresión, va bordando con fino hilo el sentimiento que toma forma poco a poco mientras los pigmentos van invadiendo la geografía del lienzo que pierde su virginal blancura cuando la imagen aparece ataviada de color como ente revelador de su lenguaje.
Arias Morales, despojándose de tonalidades encorsetadas por la realidad nos deja una recreación distinta, para que la realidad intrínseca al sentimiento tome vida, sea objetivada con la percepción interior más que con la mera superficialidad de la imagen.
Esta obra, mantiene una combinación armónica de líneas y colores que resaltan la idea, una alta expresión eurítmica en la plasmación del motivo, una bella representación que recoge el gesto maternal y a la vez las virtudes de la impronta del pintor en el proceso creador.
Bella obra que armoniza con colores suaves y calidos una excelente recreación, una maternidad que no deja indiferente.
“La huída”, es una obra realizada con la fuerza de creador desde la serenidad del universo del pintor y ejecutada con la dulcificada furia de su talento.
El color rojo en su fuga alborota al blanco, amarillo, naranja y azul celeste, dando la apariencia que va dejando atrás el vacio de la oscuridad en la estela del color negro, para dotarle de protagonismo a la huída, nacida abstracta en la idea, insinuada en el lienzo y objetivizada en los imprevistos del color, una huída a la imaginación.
En esta obra, Vilanova Ratzki, se deja llevar por los desvaríos de la creación, dejando que su genio de pintor sea espontáneo, donde el gesto totalmente libre de una paleta que modula empastes generosos, con pincelada firme y espontánea, nos deja ver la intención del trazo que va tras la sombra de la línea, apoyándose en el color, dejando que la imaginación imantada se pierda en la huída de la representación.
Esta obra insinúa la articulación de la imagen camino a la interpretación de lo enigmático, alivia lo visual acercando las jerarquías ópticas de la imagen hacia la imaginación, la perspectiva se trasgrede a sí misma, cuando no, se anula en la no representación para dejarlo todo a un plano meramente abstracto que se sustrae de lo visual, atado al enigma de lo imaginativo, complejidad que se adivina en la querencia reveladora que aquieta la idea de marcado perfil significativo en la expresión abstraída de contenido real.
Vilanova Ratzki, despliega con destreza un certero y ligero trazo, sometiendo a la materia que se acentúa con el color.
Su obra deviene en una especie de informalismo abstracto y expresionista.
“La copa rota” de Walter Félix es una obra hermosa, que en su configuración coquetea con el cubismo dejando en el entramado de su elaboración un cierto aire picasiano, como ya nos tiene acostumbrados el pintor, deja que la línea irrumpa a su antojo entre los colores quebrando la geometría para darle rostro a la forma que va apareciendo de la nada del lienzo vacío .
En este caso nos muestra a una dama tumbada sobre su costado, dejándonos ver el encanto de su femenidad, la desnudez de sus pechos con un desparpajo generoso, mientras una "copa rota" en primer plano se yergue como el elemento que asume el protagonismo captando la atención del observador, la rotura de la copa, sólo es el catalizador del mensaje subliminal de la escena.
El pintor, a sabido sintetizar el contenido de la idea en una preciosa alegoría a la “copa rota”, instrumentada con las bondades y los artificios del color, pero sobre todo con el ingenio y la seguridad que le da el hábil manejo de su talento, donde el trazo obedeciendo a los desvaríos de su impronta va adueñándose de los planos para que cada elemento esté en su sitio.
La articulación de los colores transitan en un laberinto de colores cálidos y frescos, tonalidades que pasan por el Prusia , ocres, naranjas, algún verde, el escarlata y rematando el concierto, el blanco como presencia de autenticidad del contenido, en suma, un engranaje de tonos que se rinden al lenguaje expresivo de la idea, una recreación sin ataduras para que cada uno pueda hacer su propia lectura, una composición equilibrada, desposeída de la saturación que da el exceso de elementos.
Walter Félix en esta pintura no sólo consigue armonizar el color y la línea que se desliza despreocupada de cualquier referencia, sino que, nos deja una hermosa obra para el deleite.
La obra, “Hacia la libertad”, es un pensamiento, un deseo, un grito, o quizá un sueño enquistado en el sub-consiente del artista, una metáfora que se diluye esquiva entre el pincel y los dedos del artista como reclamo colectivo para representar la idea.
Laberinto de rojos que se sublevan rasgando el horizonte en la frontera con el amarillo que ataja a la luz congelando en su destello un universo de sueños, que cuece fantasía en un oasis de fuego escoltado por un circulo que levita atrapado en el espacio; parto de la imaginación en los contrastes del contraluz, que nos deja en el centro el aroma de solead de una silueta negra, de un pensamiento que huye, una sombra que camina hacia la libertad.
Esta Obra se mece en las delicadas fauces artísticas que oscila entre el expresionismo abstracto y el simbolismo abstracto, matizando la idea con ribetes de cierta iconografía indigenista, donde el pintor aprovecha la fuerza del color para resaltar detalles y hacer aflorar la fuerza de la imaginación a través del viaje óptico que va a la caza de las emociones
Gabriel Cano Flores, logra captar la atención del espectador seduciéndolo con el misterio de su universo artístico para que cada quien en la abstracción de su trazo estructure su fantasía a su manera.
Enhorabuena.
Para Felciuc, el paisaje es una pequeña parte en el hábitat del amplio repertorio de su pintura; dentro de la cual, su visión del arte, desencadena una fuente de inspiración con vocación nostálgica, que le lleva a tener como referencia paisajes frondosos de su tierra, llenos de color y sobre todo llenos de luz.
En esta obra, Dumitru Felciuc consigue con diversos tonos de color amarillo y verdes un cromatismo armonioso, una sinfonía que merodea los tenues destellos del color en su huída hacía la luz; logra en la composición, una luminosa suavidad relajada en su juego con el óleo, para ello se sirve de una pincelada certera que nos deja un paisaje lleno de frescura.
Felciuc, no se abstrae del momento del día que queda reflejado en el lienzo; la luz suave que tamiza los tonos y la luz fuerte que desdibuja la forma difuminándola, se encargan de atrapar el momento y dejarlo quieto para que el observador entre en contacto con él.
Pintar la luz y la atmósfera como fuente de la naturaleza, es un cometido fascinante para quienes gustan de hacer volar la imaginación a través de un hermoso paisaje como este.
Excepcional interpretación, “la espera”, una poesía fresca que envuelve sus versos en color, con estrofas que se leen en las formas y líneas que la composición nos regala con matices oníricos, un sueño, al que el protagonista se agarra para esperar su tren, él y su sueño, él y la espera; un estado de inquietud y una estación, en la que la esperanza deja volar sueños para que la vida vuelva a sonreír. Un sueño ávido de esperanza que el pintor ha recreado magistralmente en esta obra.
En un mundo dislocado, el tren y sus rieles dialogan en silencio con quien espera, mientras ajena se asoma una ciudad sola, a oscuras, aguardando que llegue un nuevo amanecer, un nuevo día, para que los sueños en su viaje tengan luz; mientras, los relojes en su lucha con el tiempo han congelado el momento en sus agujas para que la espera ilumine con colores la flor de la esperanza.
¿Quién no ha sentido esta sensación? ¿Quién no ha esperado alguna vez? Esta obra tiene la peculiaridad de hacer florecer la esperanza, tiene la frescura del amanecer y el alivio sereno del atardecer, los colores de una mariposa vestida de azules, la ilusión de un universo de sueños y la luz de esos días cuando la vida se detiene para confiar en el destino.
Obra concebida con acierto de creador, “la espera”, nombre teñido de esperanza, que le da un aire poético a la composición, que genera curiosidad e inquietud, que abduce a quien la contempla, algo que mantiene viva la ilusión, donde va cautivo el corazón para que libre vaya el alma en busca de luz, para ungirse de esperanza, mientras la quietud del cuerpo al son del tiempo que pasa, se alimenta de sueños, piensa, espera, curte las cicatrices del corazón.
Mejor no se podría pintar un sueño, “la espera”, una melodía encadenada, un canto a la ilusión, un rayo de luz en una ciudad que duerme mientras su protagonista sueña.
Hace falta ser un soñador para regalarle sueños a la esperanza, sueños que mantienen viva la espera.
Enhorabuena Arnold.
Frente a frente, cara y cruz, las dos caras de la misma moneda, un personaje obeso, grotesco, fumando, mostrándose ganador, retratando la opulencia, con varias cartas en la mano, y enfrente, un personaje con la piel pegada a los huesos, dibujando sus costillas, famélico, cadavérico, llevando a cuestas la raquítica expresión de su cuerpo, jugándose su ultima carta, la que le queda, con la sombra de la derrota en sus narices.
De fondo la oscuridad coloreando la enigmática noche, y sobre los personajes, una lámpara que ilumina el desenlace de la escena, humo de cigarro y alcohol en una partida de póker, donde al perdedor, totalmente desnudo, se rinde e inclina la cabeza descubriendo su última carta, se le agotaron todas sus posibilidades, y como manda la jerga del juego, ya no tiene ningún “as bajo la manga”, ni si quiera tiene tiempo ni oportunidad de hacer su último “farol” para poder llevar a engaño a su contrincante.
En esta obra, el pintor pareciera reflejar ese universo donde muchas veces los estados introspectivos se enfrentan, dos momentos que se polarizan, dos extremos de la vida, ganador y perdedor en plena teoría de juego.
En la teoría del juego unos ganan y otros pierden, el juego se tropieza con la gloria y el infortunio en una misma partida, el juego arrastra a la suerte a depender de una carta, victoria y derrota, todo o nada.
Jesús Vázquez, en esta obra recoge con acierto el desenlace del juego de la vida misma, dotándola de una atmósfera lúdica en un marco lúgubre de colorido y de un marcado aire expresivo en la representación de la teoría de juego.
Excelente interpretación de esta hermosa obra.
Una sortija y una escena de lo más enigmática, donde una bella mujer pelirroja, acostada, semidesnuda, indiferente y junto a ella, un galán seductor disfrazado de Pierrot, enfundado en un gorro rojo con cuernecillos de diablillo embaucador, ofreciendo a la dama una tentadora sortija que lleva encastada un hermoso brillante; cerca expectante, una doncella de espaldas, de negra cabellera, deja traslucir las líneas de su cuerpo a través de su vestido, donde la mancha, generosa se vuelve transparente insinuando su sinuosa anatomía.
Mariano Montoya, en planos superiores nos deja un realismo minucioso y preciosista, donde impecable impera el detalle, y en la parte inferior de la composición, resalta un neoimpresionismo casi abstracto por su desenfado, casi grotesco por su generoso empaste, donde el imperio de la mancha es de resaltar; donde seducida su impronta por el óleo, ésta genera el caos preciso para que revoltoso el color le lleve a hilar la idea, lo que le imprime fuerza a la obra dotándola de carácter y personalidad.
Combina al mismo tiempo, un realismo depurado y una densidad matérica que insinúa transparentes veladuras abstraídas, revestidas en la mancha que diluye el ornamento en planos inferiores de la composición haciendo que la mimesis se pierda silenciosa difuminando las líneas en un maremágnum de un óleo generoso que se revela en su tránsito hacía lo excelso de la creación; un matiz estético que el pintor encara como respuesta al reclamo de la idea y versatilidad de la obra.
En esta obra, Mariano Montoya que nos seduce con un realismo que se impone, se propone ir mas allá de donde terminan los limites geográficos del dibujo, mas allá de donde termina la forma y su belleza formal, particularidad que se observa en la composición, donde la forma se desdibuja y se emborrona cada vez que el trazo huye hacia los márgenes inferiores del lienzo.
Excelente interpretación pictórica.
“¿Quién los ve andar por la ciudad si todos están ciegos? / Ellos se toman de la mano: algo habla / entre sus dedos, lenguas dulces lamen la húmeda palma, corren por las falanges y arriba está la noche llena de ojos. / …Los amantes rendidos se miran y se tocan / una vez más antes de oler el día…”. (Escribía, Julio Cortázar, en un fragmento de su poema “Los amantes”).
Por su parte, Juan Carlos Ñañake Torres, en su obra “Los amantes”, le hace un guiño al expresionismo más significativo y nos remite irremediablemente a recordar a Die Brücke y Der Blaue Reiter, las agrupaciones de artistas más importantes del expresionismo que surgiera en Europa en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial.
Esta obra se antoja revestida por un austero y contradictorio cromatismo, en la recreación el amante lleva la emoción a flor de piel, de ahí, el rostro colorado, con gesto atento, embobado, ofreciéndole a su amada una flor amarilla, ella, mirando la luna, soñando despierta en un gesto de estar en las nubes, se muestra interesante a la vez que receptiva al amor que le toca vivir en el universo del pintor.
Obra de trazos toscos, con sus perspectivas alteradas y sus deformaciones enfrentadas a la figura elaborada, imponiendo su preeminencia en el volumen, donde el dominio de la expresión espontánea y exaltada, da lugar a gestos emotivos y sublimes, tan expresivos como las manifestaciones en el amor.
El pintor en esta obra, busca desarrollar la capacidad expresiva de sus personajes, "los amantes", potenciando el color y simplificando brutalmente la forma, que sigue dislocadas líneas en su pensamiento, que a su vez, le conducen a una exageración deformante, que pasa a ser presencia espiritual de su obra.
Tres personajes dispares en actitud de congoja con la expresividad dibujada en la postura de los cuerpos, un escenario donde los personajes tienen su propia historia y los elementos dicen algo, tienen su propio contenido, como el ojo vigilante y el desgarro de la piel deshumanizando la pierna, que nos deja ver una pieza metálica en vez de músculo, subvirtiendo a su personaje, mecanizándolo, lo que le da un toque de irrealidad a la escena, quedando de esta manera revestida de misticismo en un marco surrealista.
La composición se completa con escaleras, llaves, rombos y una vela apagada, elementos de su propia iconografía, en un escenario donde la perspectiva y el color están al servicio de la idea, encontrando el equilibrio en el ingenio imaginario.
Hermel Orozco explora desde su propio universo para la creación de esta obra, en la que se entrecruzan, expresionismo y surrealismo, coexistiendo ambas tendencias en el peculiar estilo del pintor que nos sorprende nuevamente con esta magnifica recreación.
Como diría Luis Buñuel: “Afortunadamente en algún lugar entre la suerte y el misterio se encuentra la imaginación, lo único que protege nuestra libertad”.
Hermel Orozco encuentra los entresijos del tema de su obra en su disposición psíquica, en la deliberación alucinante de sus pensamientos y el fluir irracional de su inconciente, y a partir de ello, crea concientemente y con entera libertad esta obra que parece incoherente e irracional por los elementos surrealistas, y enigmática por el aire expresionista de su contenido; creación sometida, indudablemente, al torrente de su imaginación.
En este sentido, es una constante en este pintor, que el color convulso avive sus pigmentos guiados por un trazo que se revela en su tránsito a la real apariencia de las cosas; en este devaneo artístico, la perspectiva, la exactitud física y los colores naturales pierden su vigencia y la exageración deformante pasa a ser el espíritu revelador del tema.
Excelente trabajo, recreación que denota la madurez artística del pintor.
El óleo como un reguero sigue su camino, revolucionando sus pigmentos para ser presencia viva ante el último respiro que debate su razón existencial sobre fondos que rompen el desértico silencio siguiendo de reojo al drip-paintings que abanderara Jakson Pollok, enervando un viaje adherido a la mancha, un universo que aglutina en su laberinto un entramado dialéctico de cimbreos con la línea, un juego abigarrado donde a pesar de la mancha el óleo sigue su curso, dejando la sensación de limpia presencia en un fondo de color que la luz da transparencia y claridad despejando el horizonte.
El reguero se interconecta y emparenta con la mancha en su búsqueda, en su paso por distintos estadios, negro, rojo y blanco, fondos de color que la luz recrea en cada espacio rectangular, ventanas donde el serpenteo del óleo en su tránsito hacia el último respiro se estira entre manchas de naturaleza incierta, alargándose en su búsqueda hacia su destino, como dijera Pollok, “Descifrar la naturaleza para descubrir el ritmo de su propia vida”
El mismo Jakson Pollok, decía: “La pintura abstracta es abstracta… no tiene principio ni fin”. La obra de Adriana Papayanopulos se debate en la abstracción buscando una figuración inexistente, insinuada, figuración que no pretende decir nada, pero que dice muchas cosas a la vez; un viaje introspectivo que la pintora recrea a su manera, a su estilo, dejando que su impulso creador se debata entre la representación y la imaginación de la nada, un sorbo de su ingenio ante el último respiro.
Sus grafías abstractas espontáneamente buscadas, seducen a la mirada llevando al imaginario a querer adivinar en la abstracción un universo figurativo, que sólo toma sentido con la imaginación.
En esta obra, la materia del óleo no dice nada en su discurrir por el lienzo si no se intenta buscar la verdadera expresión del abstracto.
“Solitario camino de regreso”, con este título Julio Calle nos deja una obra con identidad propia, un trozo de su universo pictórico que nos adentra en los laberintos de su pensamiento, un viaje introspectivo a su mundo interior, un lenguaje, para ello, nos ayuda con la explicación que esboza de su obra, de la que dice: “Emprendemos el retorno a la casa del padre dentro de un mundo que a veces nos hace sentir ajenos y solos…”
En esta recreación un muñeco de trapo zurcido de lado a lado, de canto a canto, mostrando en su rostro las cicatrices de un tiempo que no quiere ver, no le hace falta ojos, ya tiene innumerables ojos detrás, a lo lejos, espiando su memoria, mirando el solitario camino de regreso, cuya historia va escrita puntada a puntada en cada costura.
Son reveladores los remiendos que el muñeco lleva a base de puntadas, que no se esconden, que son como cicatrices que le privan de ojos, un mensaje revelador de un lenguaje singular que el pintor lo define como expresionista; una recreación que en su muñeco de trapo, linda, ternura con feísmo, inocencia y miedo, tenebrismo y colorido.
Las cicatrices de la vida son tantas, que expresar los avatares del camino de regreso en los remiendos del muñeco es una llamada para demandar la atención de quienes se sienten atrapados en una lucha solitaria en su vuelta a casa, aunque las miradas no le dejen advertir que su casa está dentro de él y su camino también.
Su pintura expresionista por definición del mismo pintor, está inmersa en un neofigurativismo que lleva consigo un sutíl fondo simbólico, por cuanto, sus muñecos pretenden representar algo, pero fundamentalmente contiene un amplio espectro expresionista de carácter psicológico reflejado en sus figuras que carecen de rigidez categórica, pero que nos imantan de mudables sugestiones en cada representación.
Esta obra que no deja indiferente a quien la contempla, recoge la expresión de un contenido que hay que escudriñar en el muñeco de trapo y en la poliformidad de los fantasmagóricos personajes que enervan la composición, que expresan la idea desencadenando inquietud, manteniendo la unidad interpretativa certeramente armonizada, un mundo de imágenes lleno de misterio.