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A lo largo de todo el siglo XX, algunos pintores plasmaron la figura humana de la forma como se ve en este cuadro con el fin de expresar el horror, la angustia, la degradación y la desazón de la existencia (Egon Schiele, Antonin Artaud, Francis Bacon, etc.).<br /><br />Su objetivo era causar turbación, tal como lo expresó Picasso, a quien citó André Malraux en la "La cabeza de obsidiana": "Es necesario despertar a la gente, revolucionar por completo su forma de identificar las cosas. Deberían crearse imágenes inaceptables. Que las personas se enciendan. Obligarles a comprender que viven en un mundo extraño, un mundo nada tranquilizador, un mundo que no es como creen".<br /><br />En este caso, estamos ante un cuerpo sin cabeza que no tiene ni piel, que es una masa sanguinolenta que expulsa restos orgánicos, heces, detritos. <br /><br />¿Quizás nos preguntemos ante esta representación, matafóricamente naturalista y simbólica, si la cabeza es la sede del espíritu mientras el cuerpo restante es nuestro depósito vulnerable y carnal y por lo tanto origen de nuestro mal?
Hay una ambición enorme en este pintor, considera que es un creador que vive intensamente un desdoblamiento: como artista renacentista, amante de la filosofía humanista, y que desa fervientemente ser un hombre de esa época aunque no desdeña ni la época flamenca ni la barroca.<br /><br />Por consiguiente, pinta de nuevo esos óleos que ya forman parte de la historia como si fuesen suyos, como si se los apropiase, pero al mismo tiempo los dota de otra dimensión, los traslada a este tiempo o a otros, introduce iconografías alrededor del motivo principal que hagan un contraste bipolar, esotérico, fantástico. <br /><br />Y emplea el color con una magia onírica, que nos hace situarnos en un mundo intemporal, flotante, casi telúrico.<br /><br />Nos deslumbra su perfección técnica, su habilidad pictórica, su ámbito de conocimientos, si bien en algunos momentos, pasado el estallido visual, nos queda la duda de si hay demasiado artificio, de si éste trata de disimular una aportación más singular, una originalidad más sobria.
Esta reproducción constituye una muestra del cambio de actitud que se opera a partir del siglo XVII, con la que se rechazaba la concepción de la pintura como objeto de deleite. En definitiva, se buscaba una antítesis mediante la fealdad de las cuerpos que permitiese escapar de la cárcel del idealismo impuesto por la estética dominante.<br /><br />La exploración de la fealdad, que tiene como pioneros a Caravaggio, Velázquez, Sánchez Cotán, José de Ribera, Goya, etc., tenía como objeto pintar cuerpos reales, es decir, marcados por el paso del tiempo, la enfermedad o los trabajos realizados.<br /><br />De lo que se trata es de que la pasión por la armonía, de cuyo engaño somos conscientes, desaparezca en favor de la búsqueda de una imagen ante la cual la mirada no quede indemne.<br /><br />Este magnífico lienzo es un resumen de este ciclo histórico y además sugiere, a través de las manos anónimas tendidas, el deseo de poseerlo.
La obra de Aminta viene de la más profunda poesía de la tierra. De una sinceridad, sutileza y dilatada espacialidad, nos cuenta renovadamente pero con los símbolos de ayer, que el pueblo andino todavía tiene mucho por decir. Los tonos terrosos sugieren petroglifos, arte rupestre y ancestral. La composición libre, remite al acústico espacio de las cuevas pintadas, o a las cenitales vistas de los enormes diseños de Nazca, monumentales trazados imperceptibles para los hombres de a pie, pero cercanos y tangibles para los dioses y los seres alados, como Aminta.
En Occidente, la estética medieval, condicionada por la moral y férrea religiosidad cristiana, exigía que en un retablo o en un lienzo, el lugar de privilegio fuese el superior (el lugar de lo que es bueno, noble y bello) en detrimento del inferior (lo que es malo y feo) y que la escala de tamaños siguiese el orden jerárquico: Cristo, los ángeles, los santos y los muertos.<br /><br />Este pintor, en este cuadro, retoma el simbolismo de esta estética y lo sitúa en el presente, en su entorno, con la misma carga ideológica. Incluso tiene un propósito metáforico: conceder el paraíso a los que están en el lugar de privilegio y condenar al agujero del infierno a los que están abajo.<br /><br />Creo que la idea plasmada es original, está dotada de sabiduría y hallazgo conceptual, pero falla en cierta forma en su reproducción y escenografía plásticas. Un hieratismo excesivo, quizás, o a mí me lo parece.
Goethe, en su teoría de los colores, afirmaba que la contemplación de una sola superficie de color despierta la conciencia de la universalidad y armoniza al espectador con la unidad fundamental de las cosas.<br /><br />Los fauvistas, no querían estar al servicio de una mera imitación de la naturaleza, sino que querían suscitar emociones, es decir, que más que una reproducción servil de los colores reales constituyese una búsqueda de las emociones que estos colores pueden infundir.<br /><br />Este pintor bebe en estas fuentes porque por encima de todo trata de dejar en nuestras retinas un mensaje de sensualidad, gozo y erotismo a través de un concierto de tonos que estructuran una nueva realidad.<br /><br />El acierto o desacierto reside en la forma que alcanza la dimensión que cobra el cuadro cuando procedemos a su contemplación, lo que de sublime ha podido llegar a tener.<br /><br />No creo que haya fracaso del todo en el intento, ha planteado las bases de un mayor desarrollo y de una mejora dentro de esa concepción.
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